miércoles, 3 de agosto de 2011

Patricia Highsmith: biografía definitiva / Joan Schenkar

Matar es un acto cotidiano/ por Susana Rosano
Revista Ñ/ 30.07.11

Highsmith cuando estaba buena
Ningún amante del cine podrá olvidarse jamás de la expresión perpleja y temblorosa de Bruno Ganz al interpretar en la película El amigo americano (1977) el personaje de Jonatham Zimmermann, un humilde fabricante de marcos alemán que cae en la perversa trampa de su amigo, Tom Ripley. En aquella película de culto dirigida por Win Wenders, a Zimmermann le hacen creer que tiene leucemia, y de esta manera se lo empuja sin más a cometer un par de asesinatos, bajo la promesa de que su mujer y sus hijos heredarán el dinero. De esta manera, Win Wenders parece coincidir allí con el argumento central de Patricia Highsmith, la autora de El talento de Mister Ripley , la novela de 1955 que dio origen al filme: matar es un acto cotidiano.

Sobre esta obsesión –que por otra parte insiste como núcleo productivo en toda la serie de la novela negra– giran las setecientas sesenta y seis páginas de la monumental biografía de Patricia Highsmith que acaba de publicar Circe y que escribió Joan Schenkar, una autora dramática muy popular en los Estados Unidos. Bajo el argumento de que pocos escritores han saboreado el dolor o sufrido el placer de la repetición más que Patricia Highsmith, la autora estructura la biografía de una manera poco convencional, pero convincente. Desde aquí el libro no sigue la cronología de la vida de Highsmith a partir de una línea temporal sino que se arma en torno a una serie de obsesiones que insistieron a lo largo de su vida y que produjeron esa personalidad tan especial y archiconocida de la escritora norteamericana. Autora de más de treinta textos, entre los que se destacan sus extraordinarios ocho libros de cuentos, la fama le llegó a Highsmith muy tempranamente, si se tiene en cuenta que su primera novela, Extraños en un tren (1950) fue llevada al cine por Alfred Hitchcock.
Joan Schenkar sostiene que aquello que hizo famosa a Patricia Highsmith y le permitió incluso lograr un buen reconocimiento de la crítica –es decir: lo que se podría interpretar como su artificio literario– tiene grandes similitudes con la peripecia vital de la escritora. De esta manera la creación de personajes psicopáticos que se mueven en la frontera entre el bien y el mal –entre los cuales sin lugar a dudas el de Tom Ripley es el más importante–, tendría mucho más que ver con la propia vida que con su capacidad como narradora. Y en este sentido, sus afirmaciones son contundentes: “Durante gran parte de su vida Patricia Highsmith fue una mujer increíblemente dura (y no sólo dura, sino ‘dura de Texas’, dice su legendario editor estadounidense Larry Ashmead), con un interior extremadamente amargo. Al principio y al final, las esperanzas de muchos amigos y amantes chocaron contra su irrompible coraza. Lo que veían debajo, si es que conseguían llegar a verlo, normalmente era más de lo que podían aguantar. Pero Pat lo aguantaba, y lo hacía con fortaleza”.
El acceso a los archivos literarios de Patricia Highsmith que se encuentran en Berna, una gran parte de material que no había sido visto ni publicado hasta ahora, le permite contar a Joan Schenkar con la posibilidad de ver y desmenuzar algunos secretos de su vida pero también de su estilo: su buen ojo de forense para los detalles, su extremada conciencia de las formas en que puede enumerarse la actividad humana. En este sentido, la biógrafa reconoce que aunque detestaba el mundo freudiano –más allá de que sobre el final de su vida atormentada, alcohólica y misógina la escritora pensó en la posibilidad de realizar una terapia de este sesgo–, la personalidad de Patricia Highsmith puede ser claramente comprendida al revisar los primeros años de su infancia.
Patricia Highsmith nació en 1921 con el nombre de Mary Patricia Plangman, en Forth Worth, Texas. Los padres de la escritora se divorciaron cinco meses antes de su nacimiento, por lo que Patricia no conoció a su padre hasta los doce años. Pasó los tres primeros años de su vida bajo la crianza de su abuela materna hasta que, intempestivamente, su madre se casó con otro hombre que le daría el apellido Highsmith y se la lleva a vivir con ellos a Nueva York, arrancándola violentamente del mundo en que vivía y condenándola a una relación de odio absoluto con su padrastro.
En este sentido, Schenkar recuerda que cuando tenía unos diez años la escritora se encuentra con la obra The Human Mind , de Karl August Menninger, que fue quien popularizó el psicoanálisis freudiano en los Estados Unidos. Menninger sería quien le proporcionó a la pequeña Patsy “modelos clínicos” con los que comparar sus propios estados mentales cambiantes, estados a los que la niña siempre estaba extremadamente alerta. Será precisamente la defensa de lo “atípico” que hace Menninger en el prólogo de su libro lo que debió de resultarle muy atractivo a una niña cuyos recuerdos de infancia demuestran lo alejada que se había sentido siempre de lo “normal”. De allí a la instancia de crear un personaje como Tom Ripley –que no es ni detective ni policía sino un estafador inteligentísimo que no se somete a la moral establecida y crea sus propios valores–, hay un solo paso. Nuevamente, el arte que copia la vida.

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